Desde
mi punto de vista, al igual que para muchos, es un tema complejo que
posiblemente pocos jóvenes se hayan preguntado a sí mismos y por
eso, sin motivo aparente dejaron de ir a la Iglesia.
Fijémonos
en la etapa infancia-adolescencia, ¿ Un niño sabe describir a Dios
más allá de lo que ha escuchado y le han hecho repetir varias
veces? ¿Acaso sabe él lo que puede llegar a ser un contacto directo
con Dios?. Tal vez y éste sea uno de los pasos de su huida poco más
tarde; cuando nuestras conciencias alcanzan un nivel maduro dentro de
la sociedad, una sociedad que muchos piensan que está corrompida,
que el hombre ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, que no puede
venir más adelanto que el fracaso (…)
Hace
unos meses un joven de mi edad me preguntó: ¿Por qué tengo que ser
bueno con los demás cuando me han hecho miles de desventuras?
–Porque te sentirás mejor contigo mismo y más idealizado, algo
brotará en tu interior diciendo que has hecho lo correcto. Hasta ahí
todo bien, pero de pronto apareció ¨Jesús¨ ¨el camino que él
intentaría seguir¨ y entonces la gente huye … “ ya lo sé”
respondió malhumorado, “no hace falta que me lo diga Él”.
Jesús
no ha dicho nada nuevo, sino que nos mostró las pautas para hacer un
acto bueno y no utilizar a las personas como medios sino como fin en
sí mismas. Entonces … A qué tenemos miedo ¿A saber comportarnos
como diría Jesús? ¿A que nos juzguen sabiendo que formamos parte
de la iglesia? O ¿Quizás sea el concepto de institución
eclesiástica que no sólo tienen los jóvenes sino también los
adultos?
“La
iglesia te lava la conciencia” he oído decir alguna vez, ¿No será
que te la limpia?
“La
iglesia no se hace amiga de quienes dudan” ¿No fueron los que
dudaban hasta de sí mismos los que terminaron convirtiéndose?
¿Acaso
no nos damos cuenta de que el culpable no es Jesús sino la sociedad
desmoralizante que nos ha convertido en objetos antagónicos sobre
otros a los que aún les queda una pizca de racionalidad?
Yo
me considero parte de esta nueva generación de jóvenes que tanto
habla el Papa Francisco “tienen que hacer ruido, que se note que
somos cristianos y estamos patentes” le he oído decir más de una
vez.
Nosotros,
los que estamos manifiestos en esta generación no miramos la iglesia
desde dentro como antaño. Que no nos pase como a la mujer devota que
en su camino a la Celebración se encontró con vagabundos y gente
necesitada a los que rechazó con impaciencia y al llegar a la puerta
vio que estaba cerrada, mientras que mirando al techo avistó un
cartel que decía “ Estoy ahí fuera”.
Pues
bien, dicho esto, nosotros nos encontramos en la ¨obligación¨
interior de alejarnos de nosotros mismos para así encontrarnos con
Dios; con el que sufre, el que padece, el que necesita ser escuchado
…
A
toda persona le llega un momento de vacío en el que sólo escucha
golpes en su interior, ahí intentamos estar nosotros llevando a la
práctica la teoría del Evangelio.
Hay
mucha gente que nos echa en cara la riqueza de la iglesia ¿Qué
riqueza? No hace falta irse demasiado atrás en el tiempo para saber
que nada es suyo, que todo son donaciones que han recibido a lo largo
de la historia y que como tal no pueden desprenderse de ellas y si
fuera así … ¿ Qué sentido tendría desprenderse de todos los
cuadros del Louvre? ¿No acabarían ennobleciéndose lo más ricos,
los que tienen dinero para comprarlos?
A
mí siempre me gusta responder con la frase del Evangelio que
parafraseada dice así: “Nosotros no damos el pez directamente,
sino que damos una caña y les enseñamos a pescar”. Sin dejar a un
lado la oración y preguntándonos ¿Qué he hecho yo por Cristo?
¿Qué hago por Cristo? ¿ Qué debo hacer por Cristo? No debemos
olvidarnos de Dios, porque Él nunca se olvidará de nosotros.

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